En la terraza inhabitable de mi pequeñes que se encarna en el miedo,
un niño, o una niña no lo sé, intenta decirme algo.
Que suene bajito para no dañar, ni asomarse si quiera a mi coraza.
Aprendiendo a darme tres abrazos más por cada año que pasa,
acordándome que sola estoy en un latido constante sin razón de bombeo.
Posiblemente no deje de sorprenderme
ningún
segundo
de
mi
vida,
y escriba canciones y lea poesías mejores que las mías
buscando conmoverme al compás de los granos de arena que completan el tiempo,
el susurro de una palabra bonita.
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